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El temps de les cireres

Montserrat Roig
Tiempo de cerezas

Las primeras claridades del alba atrapaban a las últimas sombras de la noche. Los faroles encendidos daban una luz mortecina. Pasaban camiones cargados con cajas de frutas y de verduras. Màrius tenía las mejillas encendidas y, con lo ojos húmedos, miraba al infinito. Hace como mi madre, pensó Natalia. De pronto, Màrius se echó a llorar. ¿Qué te pasa, por qué lloras?, preguntó ella. Màrius giró la cara, déjame, dijo, mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla. Natalia no sabía qué hacer. Si quieres, me voy… Màrius no respondió. Natalia se levantó e hizo ademán de irse. No, no te vayas, quédate…, dijo Màrius. Estuvieron un largo rato sin decirse nada. Después, Màrius se levantó y tomó la dirección de la Rambla. He vuelto con afán de comprender, se decía Natalia, y no entiendo apenas nada… La oscuridad desaparecía por detrás de Montjuïc, el aire era limpio. Los ruidos de la madrugada son diferentes de los del atardecer, pensó Natalia, son más puros. Màrius tenía los ojos brillantes, «como los ojos de esmeralda». Cuando atravesaron la Vía Layetana, Màrius dijo, una vez mezclé aceite y tabaco, ¿aceite?, preguntó Natalia, sí, el que sale de la resina del hachís, pues esa vez que iba pasado me creía que la Vía Layetana era un túnel, o, mejor dicho, un tubo muy, muy largo, un tubo que no terminaba nunca, yo resbalaba y me agachaba para no caerme, y vi que estábamos en los años cuarenta; como me agachaba, veía los tobillos de las mujeres, tobillos con medias claras, tobillos rosados… ¿Por qué no quisiste fumar en casa de Antoni?, quiso saber Natalia. Porque no sabía lo que tú pensarías… Oye, ¿cómo me ves? No lo sé, me desconciertas. Tienes la misma edad que mi madre… Mi madre se está quejando todo el día, habla como en las novelas de la radio. Papá es un cínico. Màrius calló un rato. Pronto me largaré, reanudó, haré como tú, me iré muy lejos, no me gusta esta ciudad. Es como si se hundiese poco a poco… Natalia dijo: yo también creía que se hundía, pero fuera he comprendido que la ciudad se lleva dentro. Màrius no dijo nada. De pronto, preguntó, con voz más normal, ¿quién era Julián Grimau? ¿Por qué me lo preguntas? Porque en el Instituto repartieron octavillas por lo de Puig Antich y hablaban de uno que se llamaba Grimau. Natalia pensó, ¡cuántas cosas, en estos años! Grimau era un dirigente comunista que asesinaron un año después de que yo me fuese, en la primavera. ¿Cuándo te fuiste tú, el año de la nieve de Barcelona?, preguntó Màrius. Sí, el año de la nieve de Barcelona. Y el año de las riadas, añadió. ¿Quieres saber una cosa?, dijo Màrius, este país me da asco. A mí también me lo daba, dijo Natalia, y he vuelto. Yo no habría vuelto… Pero es que un buen día descubrí, aclaró Natalia, que no me daba asco el país, sino que me daban asco los que me rodeaban. También sentía asco de mí misma. ¿Y sabes por qué? Pues porque, al fin y al cabo, tenía miedo de que llegase el tiempo de las cerezas. Y para querer el tiempo de las cerezas hay que tener fe en que un día llegará. ¿Qué es el tiempo de las cerezas? Natalia se lo explicó. Charlaron mucho rato, mientras que los ruidos de la ciudad tomaban consistencia y las brumas de la noche desaparecían del todo.

 


Traduit par Enrique Sordo
Montserrat Roig, Tiempo de cerezas. ROIG, Montserrat. Tiempo de cerezas. Traducción d’Enrique Sordo. Barcelona: Argos Vergara, 1977, p. 218 – 220.
Montserrat Roig
Commentaire sur des œuvres
Tiempo de cerezas (1976)
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Fragments
El cant de la joventut
Català | Français | Italiano | Ivrit
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Català | Deutsch
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Català | Italiano | Português
L’hora violeta
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Ramona, adiós
Català
Comentaires
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La obra periodística
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